HYBRIS: LA ENFERMEDAD DEL PODER

La Enfermedad del Poder o Síndrome de Hybris, es reconocida desde la antigua Grecia, sin embargo, no ha sido considerado como un padecimiento mental por lo que no se diagnostica ni se trata médicamente, ni tiene consecuencias político-sociales restrictivas.  Hybris en la actualidad alude a un orgullo o confianza sobre-exagerada de uno mismo y relacionado especialmente con el poder.

El poder desde el punto de vista neuropsicológico genera una adicción tan fuerte como el alcohol o las drogas, es una enfermedad que no distingue nivel social, educación, género, cultura o religión.  El poder provoca un desequilibrio donde domina el cerebro primitivo, se acentúan los rasgos egocéntricos, hay una preocupación desproporcionada por la imagen y la presencia física, se exageran las expresiones de logro y se devalúa el mundo exterior. 

Las personas enfermas de poder diluyen los límites de la realidad y consideran que sus acciones sólo pueden ser evaluadas por la historia o por Dios, hay una excesiva credibilidad en su propio juicio y desprecio al consejo y la crítica ajena. Como el poder está conectado con emociones primitivas de supervivencia lleva a las personas a buscar posibles amenazas y enemigos. Combaten y se enfrentan con otros para justificar sus temores. Su egocentrismo los lleva a creer que luchan contra el mal y se viven como salvadores.

Manifiestan intolerancia, tienen poca reflexión y son personas impulsivas. Los valores morales se vuelven relativos y están al servicio de sus propias necesidades por ello diversas investigaciones coinciden en que hay una correlación del 97% entre “tener el poder” y la corrupción.  Esta enfermedad no es privativa de presidentes o funcionarios, puede presentarse en cualquier nivel donde se tiene el poder para detener, para tomar decisiones autoritarias y absolutas.

Las personas que padecen la Enfermedad del Poder se enfrentan continuamente a conflictos morales entre “cumplir su propia voluntad” y “servir a otros”. Tarde o temprano la crítica social se vuelve una amenaza que debe ser ignorada o reducida. El trastorno lleva poco a poco al dominio de sus ideas negando los sentimientos propios y de los demás, se convierten en personas insensibles y pueden volverse represores, estos síntomas aumentan en intensidad en función del tiempo que permanecen en el poder.

Para combatir y eliminar el Síndrome del Poder que sufren las empresas, los sistemas y los países,

es necesario contar con una ética clara y específica sobre el comportamiento de los dirigentes y encontrar los mecanismos para evaluar y mantener éticamente íntegros a los que ostentan el poder. Es necesario estudiar y resolver este síndrome (actitud-enfermedad) para beneficio de la sociedad y de la humanidad en general.

Por Javier Novoa